RV en psicología

La Realidad Virtual en Psicología

Los psicólogos que introducen la Realidad Virtual en consulta observan, en poco tiempo, que la RV es una herramienta con potencial clínico que puede ser útil en diferentes condiciones y trastornos, y en diferentes contextos clínicos y teóricos. La Realidad Virtual introduce en la sala de terapia situaciones que disparan procesos emocionales, cognitivos y perceptivos en tiempo real, ampliando el espacio de intervención del psicólogo en el momento presente en cada sesión.

En nuestro caso, empezamos a usar la Realidad Virtual en consulta como una herramienta de Terapia de Exposición para el tratamiento de fobias específicas. Nuestro contexto clínico estaba informado por la terapia narrativa, mindfulness y la clínica winnicottiana. En diversas ocasiones, la respuesta del paciente a la inmersión con RV nos llamó la atención más allá de lo que se podría explicar inicialmente desde las teorías del aprendizaje, la base de la terapia de exposición con RV (VRET).

Observando las respuestas y reacciones de nuestros pacientes percibimos que los efectos de la inmersión con RV en una sesión de psicoterapia solicitan del psicólogo una comprensión amplia y profunda de los mecanismos implicados, psicológicos y neurológicos. Veíamos que la RV podía potenciar la desidentificación, facilitando procesos reflexivos, bien como la resignificación y la metacognición. Observamos también que, en estados disociativos leves, el sentido de presencia podía contribuir para una mejor integración y reducción de la ansiedad. En otros casos, nuestros pacientes relataron insights durante la inmersión que posibilitaron cambios en la manera de verse a sí mismos en el mundo, incluyendo la posibilidad de relatar experiencias traumáticas. Pudimos observar, además, cómo mecanismos patológicos como, por ejemplo, ideaciones paranoides, eran experimentados por el paciente con un mayor distanciamiento, posibilitando aperturas en la conversación terapéutica.

Entendemos que la inmersión con Realidad Virtual podría comprenderse como una experiencia de flujo y estética que implica al sujeto como una totalidad. Como espacio relacional, entendemos que la Realidad Virtual podría potenciar interacciones comunicativas estimuladas o facilitadas por una combinación entre el sentido de presencia y el desplazamiento de contexto que supone la inmersión. La presencia por sí misma es necesaria para que la inmersión con Realidad Virtual genere efectos, pero el cambio terapéutico requiere, además, que algo nuevo surja como producto de la interacción. Cuando una interacción es comunicativa, algo que no estaba antes presente surge como producto, en un movimiento de ajuste y cambio. Dichas interacciones ocurren cuando se abre un espacio para el ajuste probabilístico, cuando el código que habitualmente es activado no es suficiente para sellar la experiencia.

Consideramos, entonces, que para producir efectos clínicos, la inmersión con Realidad Virtual ha de potenciar interacciones comunicativas que puedan generar cambios, ya sea en el nivel del discurso del paciente o en el nivel neuropsicológico. El sentido de presencia es necesario, pero no suficiente. Para que ocurra el cambio y haya efecto terapéutico, la experiencia de inmersión ha de generar algo nuevo, que podrá ser integrado en la conversación terapéutica. Observamos que con la inmersión ese “algo nuevo” puede ocurrir por la interrupción de los flujos narrativos habituales, por la incongruencia en procesos perceptivos, a través de la apertura de procesos reflexivos y de la metacognición, o incluso de cambios en el nivel neuropsicológico y ajustes en la matriz corporal.

La importancia de considerar el proceso de comunicación como proceso basilar aquí está en que nos permite articular aspectos que responden a especificidades de la inmersión con Realidad Virtual y que dependen principalmente de ajustes probabilísticos. Estudios recientes con animales sugieren que el cerebro no responde al ambiente virtual de la misma forma que al ambiente real, particularmente en la percepción del tiempo y del espacio. ¿Podría ser esa la base del potencial para generar experiencias de flujo?

Teorías recientes sugieren que la Realidad Virtual comparte con el cerebro el proceso de generar simulaciones corporificadas. Según esa perspectiva, la percepción del yo es un proceso dinámico que depende del ajuste aproximativo, momento a momento, de las diferentes simulaciones generadas por el cerebro a la matriz corporal. El proceso de integración recoge datos perceptuales, multimodales, la memoria y predicciones. El resultado final de ese proceso de integración es que la matriz corporal determina dónde está el yo, es decir, en la representación que nuestro cerebro considera más probable que coincida con el cuerpo.

Del punto de vista de las neurociencias, el entorno virtual puede ser usado para “engañar” al cerebro, generando incoherencias (aperturas) que posibilitan la reorganización de circuitos neuronales en la medida en que interrumpe los mecanismos de codificación predictivos que regulan la experiencia del cuerpo. Aunque todavía hay mucho por comprender, esa es la base sobre la que trabajan científicos que utilizan la Realidad Virtual combinada con biosensores y estimulación para el tratamiento del dolor en amputados, en la rehabilitación en paraplejias y trastornos del sistema motor, como por ejemplo en la enfermedad de Parkinson.

Para la Psicología, es una invitación para avanzar en reformulaciones teóricas y prácticas que integren la conexión mente-cuerpo, retomando el papel de la propiocepción en los trastornos psicológicos, la memoria del cuerpo y el proceso de desarrollo, la neuropsicología, así como diferentes corrientes de la psicología. Eso es posible si pensamos la Realidad Virtual como un espacio-sistema que, por sus especificidades, puede potenciar interacciones que estimulan el surgimiento de algo nuevo en una experiencia inmersiva, de flujo y estética, que involucra al sujeto en su totalidad.


Luciana Fernández Moretti
Dirce Maria Bengel de Paula